Raíz Barcelona,  Relato

A 1103 metros de altura

“A pesar de todo, ese día la llegada a la cima de La Mola no iba a ser distinta. La carga estaba preparada. Él estaba a punto y ellas también. Siempre había vivido en Matadepera y toda la vida había andado por ese camino. Al fin y al cabo se trataba del Camí dels Monjos, una sencilla ruta en medio del Parc Natural de St Llorenç del Munt i l’Obac, y este quedaba tan cerca que desde bien pequeño ya con sus amigos iban solos a jugar entre sus bosques. Pese a eso, llevaba tanto tiempo haciendo aquello que a veces olvidaba el por qué de aquello. Aquella no era su mejor época. Una mala nota en un examen, una mala gestión en el trabajo, un adiós con su pareja. Estaba algo harto. Pero reconocía que verlas a ellas, sus dos amigas, le calmaba. Solía decir que eran sus mejores amigas pese a que nunca le decían lo que quería oír.

Inicio del recorrido.

Como cada mañana que debía hacer la ruta, iba a buscarlas y se ponían en marcha. La ruta empezaba en un pequeño aparcamiento en el que, a la hora a la que ellos empezaban a andar no solía haber nadie. Ese día había un coche, quizás de algún escalador al que vería pegado al Cavall Bernat, un monolito solitario que se alzaba a la izquierda del camino durante el tramo inicial, o en cualquier otra pared de la zona. Se trataba de un lugar ideal para ello debido al montón de riscos de conglomerado que había.

Al principio el camino era muy empinado y agotador, y estaba perfectamente bien señalizado por marcas amarillas aunque él ya se lo sabía de memoria. Pero ese día ya desde allí empezó a refunfuñar y a contarles sus preocupaciones a sus amigas, mientras que ellas solamente le hacían bufidos. Iba tan ensimismado en hablarles de sus problemas, que olvidó mirar a los veinte minutos de paseo las vistas a la plana del Vallés que tenía a su derecha, y de hecho, durante todo el camino, olvidó también las de Montserrat, la montaña sagrada que de tanto en tanto se podía visualizar a la izquierda del sendero y que él adoraba.

Vistas de Montserrat a la isquierda del sendero.

A mitad del recorrido, después de media hora de caminata, se detuvieron para beber agua y se fijó en un árbol. En él había dos capullos de procesionarias. Entonces resopló. Días antes no estaban allí. Eso significaba que con el tiempo aquellas procesionarias matarían a sus árboles. Aquellos pinos que desde pequeño le habían salvado de salir corriendo y nunca volver, de perderse y no querer encontrarse. A él y seguro que a muchos otros. Como le pasaba ahora. Pero que con los años, pinos y procesionarias de los que nadie se acordaría ya. Una lástima. Formaban parte de su vida. Se quedó en silencio.

Al empezar la parte más frondosa del camino empezaron a caer algunas gotas de lluvia sin importancia. Continuaron avanzando en silencio. De vez en cuando él les hacía alguna muestra de cariño conforme estaba allí, cosa que ellas agradecían, pero siguieron sin decirse nada. El camino seguía subiendo, pero la cosa se relajó. Y él también. Entonces, la lluvia empezó a caer con mucha fuerza y, a unos quince minutos de la cima decidieron resguardarse, como hacían también a veces los antiguos monjes, en una de las cuevas que quedaba muy cerca del camino, ya que era un lugar famoso también por su espeleología.

Vistas a la derecha del sendero.

Él se sentó. Ellas se tumbaron. Miró el reloj, llegarían tarde. Empezó a enfadarse. No entendía por qué tenía que subir siempre allí, con ellas, tan arriba, tan cargados. Se preguntaba por qué aceptaría ese trabajo. Por qué los monjes subirían hasta allí ya en el siglo X y por qué seguirían con aquello aún: con el monasterio románico de St. Llorenç del Munt en la cima de La Mola; con las comidas diarias que había en el restaurante también allí arriba; o con la famosa Misa de Gallo que se hacía todos los años para navidad. Era lejos, cansado y pesado. Entonces cogió una piedra y la lanzó fuera con rabia. Ellas que no dejaban de mirarle y quizás hartas por aquel panorama, poco a poco se fueron levantando y empezaron a andar bajo la lluvia. Él las intentó frenar sin suerte, pero a los dos minutos había parado de llover. Ellas lo sabían. Se miraron y una resoplando le dio un cabezazo. Él empapado empezó a reírse.

A los diez minutos llegaron a la cima. Allí arriba el bosque acababa y se veían el monasterio y el restaurante. Y también las vistas. Se detuvieron en la entrada y empezaron a descargar la mercancía que él entregaba a un trabajador del restaurante. Mientras liberaba a sus compañeras de su peso vio una pareja desayunando con su hija sentados en la hierba. Debían ser los del coche. Entonces la niña se le acercó y le preguntó si las podía tocar, a lo que él le sonrió y le dijo que sí. Muy lentamente estiró el brazo, una de ellas agachó la cabeza y la niña le acarició el hocico.

Monasterio de St. Llorenç del Munt.

La niña se alejó feliz con sus padres y él se sentó con sus compañeras que pastaban a su lado. Allí descansando junto a ellas se dio cuenta, como hacía a menudo, lo mucho que le gustaba ese lugar y a la vez lo poco que lo recordaba a veces. El aire fresco, las mulas y esas vistas. Esas maravillosas vistas: al este el Montseny; al oeste la Sierra de l’Obac y Montserrat; al sur la plana del Vallés Occidental, la sierra de Collserola y el macizo del Garraf; y al norte el Montcau y algunas de las grandes montañas del Pirineo. Ese día la llegada no iba a ser distinta. A 1103 metros de altura, iba a ser la misma maravilla de siempre.”

Vistas desde la cima de La Mola.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *