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Europa,  Raíz Barcelona

El Montseny de Lola y Maragall

En el centro del Parque Natural y Reserva de la Biosfera del Montseny se encuentra la masía La Figuera, una finca que esconde grandes historias que datan de finales del siglo XIX y principios del siglo XX. Escritores, músicos e intelectuales de la época, agobiados por el “ruido” de la ciudad condal, se dirigían allí para refugiarse e inspirarse en un entorno natural.

Lola estaba en el jardín. Bailaba feliz alrededor de la higuera. Esperaba entusiasmada a que fueran las nueve de la mañana y le decía a su madre: “Ya deben estar a punto de llegar a la estación”.

Joan Maragall había cogido el tren en la estación de Sants a las ocho. El trayecto por la Catalunya central le permitía apreciar la diferencia entre la ciudad de Barcelona y los alrededores antes de llegar al Montseny y dejarse seducir por su magia. El poeta admiraba ese sitio no solo por el regalo que la naturaleza le brindaba, sino también por su gente. La casa de La Figuera pertenecía a la familia Grau, formada por la abuela Josefa Godayol Verdaguer, conocida como Pepa, Cristofol Grau Esteve y Dolors Casals Godayol, padres de Josep, Narcís y Dolors, la Doloretes o Lola, como la nombra Maragall en sus escritos.

Cada vez que el escritor iba de visita, Cristofol Grau le recogía en la estación de Sant Martí de Centelles con una de sus mulas. Maragall bajaba del tren con su sombrero de copa y traje, indumentaria típica de la burguesía de la época, y subía a la mula para llegar al Pla de la Calma, donde se encontraba la Masía. Los 15 kilómetros de trayecto no eran fáciles, los desniveles de hasta 500 metros y el camino de tierra eran frecuentes. Pero valía la pena.

El camino que recorrían se inicia en Aiguafreda y tras pasar por El Pont de l’Abella, un puente de tres arcadas de los siglos XI y XII que cruza el río Congost, se sigue hasta los Pozos de Hielo, una estructura que mantenía el hielo para abastecer a los ciudadanos de Barcelona. En esa zona, actualmente se encuentra una placa en recuerdo al poeta Maragall y a su poesía del Montseny, inspirada en el Pla de la Calma.

Ya en el sendero, a un kilómetro y medio del inicio en el bosque confluyen dos ríos, que corren entre hayas y robles. Un kilómetro más arriba, el camino descubre unas vistas panorámicas del valle y del pueblo. Antes de llegar al mirador, situado a 525 metros de altura, si uno se desvía, en medio del bosque se esconden unas pozas naturales perfectas para descansar, charlar e incluso darse un baño.

El Parc Natural del Montseny, cuenta con una gran variedad de atractivos naturales. Desde el sendero, las vistas panorámicas permiten apreciar el Turó del Tagamanent y El Turó de l’Home, montañas de más de 1000 metros. Desde el Pla de la Calma, también se pueden ver Montserrat y els Pirineus, elementos muy presentes en la obra de Maragall.

El poeta barcelonés no fue el único en adentrarse en el Montseny para inspirarse y construir su teoría literaria, conocida como la Paraula Viva. Intelectuales como Lluís Millet, Amadeu Vives, Santiago Rusiñol, Ramon Casas y Josep Pijoan también se alojaban de vez en cuando en la Casa de La Figuera y convivían con los Grau. Antes que Maragall, fue el arquitecto, historiador y escritor Josep Pijoan quien se dirigía frecuentemente a La Figuera para recoger las canciones populares y rondalles de los pastores del lugar. Los escribía con el seudónimo de La senyora Pepa, seguramente en honor a la señora de la casa. Además, aprovechaba sus estadías para formar a la pequeña Lola, como también hizo Maragall. Las continuas visitas de estos intelectuales, junto al desarrollo del ferrocarril, convirtieron la Casa de La Figuera en el primer negocio rural de Catalunya.

Era en el último tramo y tras cruzar el puente, situado a 700 metros de altura, que las vistas se hacían cada vez más mágicas. Las mulas, ya cansadas, necesitaban parar de vez en cuando por las praderas. Había lugares en esas alturas en los que la presencia humana era y sigue siendo muy escasa.

Lola ya podía escuchar los bostezos de las mulas y las voces de su padre y de Maragall. Corriendo, iba a saludar al poeta. Les esperaban cinco días llenos de paseos por la naturaleza, clases de escritura y conversaciones ricas e interesantes. Cada vez que el poeta subía a la montaña, se quedaba poco menos de una semana, pero la relación con la familia nunca cesaba. Lola y Maragall se intercambiaban cartas y seguían aprendiendo el uno del otro.

Un día, Lola escribió:
Era un rossinyol
que cantava com un sol.
A l’endemà de matí
s’acabava de morir.

En una carta entre Maragall y Pijoan, el primero comentó: “En esta expresión hay más sentimiento poético que en todas las imágenes de Victor Hugo”.

Joan Maragall junto a la familia Grau en la entrada de La Figuera.


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